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martes, 12 de noviembre de 2013

Sigue la Novela: Allí donde despiertan la Almas Parte 7


La Charca de la Devoción

 

Se encaminó pues, el niño hacia Amón, el loto y su ciénaga; algunas otras flores casi quisieron entorpecer su marcha. Como novato figurante, se adormeció en otra comedia. Dejó tras de sí, quizás por un rato, al loto y al abuelo. Ellos no pudieron dormitar sobre las espesas aguas. Ante sus ojos se exhibieron todas las fotos de un bebé sin sonrisas; de enterito azul oscuro, sostenido por manos enamoradas, crío de índices succionados, por la desazón de una tierra con demasiados rostros neuróticos; brazos  turbados ante la perplejidad de una quimera que se propone como posible y verdadera. Láminas de preescolares, abrazando su asombrado gesto pintado de complacencia. De pronto, las efigies se animaron, Saivita despertó sobre el lomo de un burro, a lo lejos un tupido monte y a su lado otro niño montado, él mismo era, cándido, pero menos ingenuo que en las fotos.

Se sabía el niño montando, más, sin sensación alguna de su cuerpo, solo vista del pequeño, que era él mismo, cabalgando a su lado.

Por delante la espesura y el polvo cobrizo del camino, serpenteante hasta la ansiada floresta que daba entrada a un nuevo ensueño.

-¿Cómo es posible verme allí montado y aún más niño, si sé que aquí estoy sentado? ¿Por qué siento amor y compasión por el crío, como si no fuera yo mismo?- Al momento de sentirse separado, sintió a su guía acomodad en las ancas; no se había percatado de, que las riendas nunca se le enrollaron en las manos, el Baba las asía muy fuerte, apoyando su pecho contra su párvula espalda.

De pronto fue, todo entero mucho más infante y obediente, dentro de aquel pecho continente. Y de la mano del gran padre trascendió la arboleda, hacia la oscuridad del monte.

Adorable sensación de grandeza, despertaba el señor Baba, sus ojos podían ser dagas tajantes o el infinito repleto de visiones de horas supremas  pasando en cámara lenta, como pasan en el cielo las estrellas que agonizan en sus rocas varios miles de años. En su mirada uno podría verse en varios nacimientos, por ello, tal vez, un inmenso amor despierta estar con el Señor Baba, pues más parece un creador que un maestro.

Llevó, el Señor a Saivita, de la mano hacia una charca, rodeada de sombrío suelo, cerrado de boscaje imperturbable. Sobre el agua, braceaban algunos niños, nenúfares, trampantojos y narcisos; y mientras todos se desesperaban por agradar al maestro, el agua, que hasta el instante era reposada, dibujó un gran círculo bajo el pie santo que la acariciaba. 

 

 

Una niña orgullosa, amorosa, como la esposa mas dedicada, buscaba la mejor flor con que poder demostrar su devoción pura, galopando como un corcel sus piernas batía de orilla a orilla, ningún capullo le parecía pertinente para demostrar su sentimiento; rojos pensamientos de pasión; níveos azahares maternales, cadenillas de campanitas, anaranjadas de abandonos. Desanimada, la niña, dirigió su mirada hacia al Señor carialegre, cuando comprendió que dar lo mejor de ella era la joya de su Baba, abandonó la búsqueda paradójica, para unirse al destructor de todos los sueños, a la vez que descolgaba de su cuello una hermosa alhaja de flores de todas las formas inmaculadas. 

-¡Si supiera esta niña!, que solo su corazón latente no será ungido, que abandonando el designio de sus pensamientos, sería todo, la perpetuidad misma, dejaría de buscar entre miles de flores de diversos colores, apariencias y aromas.

¡Si supiera la niña!, que no sirven los ojos para ver la eternidad de lo absoluto; se abandonaría dentro de sí misma, allí donde es mi morada, ¡para vivir en mí!, en vez de anhelar yacer conmigo-

Saivita no comprendió las palabras del Señor Baba, su mirada de niño, aún ni sabía a dónde era que le llevaban sus pasos. Más, siguió el impulso incontrolable, de tocar los pies de aquella muchacha que, arrodillada, lavaba amorosamente los pies de su amado.

-¿Quién me ha tocado?- Preguntó la inquieta, el éxtasis le hizo volver a consagrarse a su labor de esposa apostólica; siguió untando los pies del Señor con amorosa ternura. Llenó una cuba, con agua dulce del pozo y mojó los rizos del maestro hasta volverlos extensos como la huella de una serpiente errando por el desierto. Baba se entregó a sus cuidados sin juicio y sin premura su propósito era entregar su compasión a la afanosa niña, su exaltación lo conmovía, aunque en el otro mundo, tan tangible, ella estuviera anclada a una mórbida mirada.

 

Saivita se acostó sobre un suelo fresco de barro, apisonado de pasos infantiles que miles de veces al día, abandonan recintos de dolor atiborrados de cuerpos extenuados. Llegan a la charca arrastrando pesados grilletes, sin molestias, apisonan la circunferencia de la orilla, a la vez que pierden con cada paso los eslabones. Luego sumergen  sus cuerpos en el agua tibia, con la emoción de poder contemplarse en los ojos de aquel Señor tan buscado.

-¡Si supieran esos niños!- Gruño Saivita, cerró su cuerpo como si todavía morara en su seno, entonces fue que un enano alado se lo llevó volando.

 

-¡Miedo! No. ¡Vértigo! No. ¿Emoción? El niño se encontró observando nuevamente el muro de piedra. Tuvo miedo de que lo vieran desde el otro lado. Supo que solo una persona podría reconocerlo si quería, pero no.

Puedo elevarse hasta un árbol y quedó observando desde la copa, las almas paseaban sin control, algunas solo eran personas que fisgoneaban el lugar, tan apegados estaban, que no deseaban quedarse a averiguar en dónde se hallaban.

Una multitud rodeó el árbol, de pronto las manzanas maduraron a su alrededor; varios lo creyeron una fruta jugosa, quisieron llamarlo con himnos extraños; ofrecieron al niño pequeños sacrificios y hasta materializaron a sus pies un gran fuego. Le dieron gracias elevando sus manos más allá de las nubes, creyendo que Saivita había sido el responsable de las manzanas.

Una mujer a lo lejos comenzó a tocar su lira, con tan bella melodía, que el sonido colmó todos los espacios y hasta las frutas se contoneaban al ritmo de sus notas, la voz de la dama otorgó tal contemplación a la multitud que se apartaron del árbol satisfechos.

Una vez que estuvieron solos le dedicó a Saivita, la visión de la verdad de los sucesos.

               Todavía transitarán aquellos que adoran.

               Los elementos son magníficos ante su vista.

               Temen tomar las riendas para encaminarse,

               Crean Dioses para que peleen por ellos

               Convierten los objetos en amuletos, y cuando

               La piedra no contesta, reniegan de su fuente.

 

 

Saivita recordó a Amón y su fascinación, también a la muchacha blanca que seguía sus rituales de esposa,  y a tantos otros que caminan preocupados y ocupados en ganar poderes. Todos ellos también despiertan aquí.

 

               

 

                                                                                          Continuará con parte 8

lunes, 7 de octubre de 2013

Alli donde despiertan las Almas - 6-


El misterio de la Mariposa

 

Saivita, el niño, jugueteaba con una hermosa mariposa tornasolada. Ella le enseñaba la maravillosa aventura de vivir solamente el día, sin pensar en algún futuro; los momentos de éxtasis de bocas abiertas por el asombro, se cerraron cuando a lo lejos se diluyó el muro de piedra y aparecieron partes de un pasado que pudo haber sido suyo, más el niñito, no supo experimentar el dolor que alguna vez pudo haber sufrido, simplemente, se mantuvo allí observando, como quien se pregunta el por qué resulta tan familiar una escena distante. Del otro lado cientos de almas, como dentro de un reloj contante, a la expectativa de pequeñas manecillas que pudieran juzgar toda una eternidad, como si existiera una vida, como si fueran dueñas de un tiempo que es pura fantasía.

-El tiempo, parece tan real como esta misma mariposilla, las horas pasan para que uno se lamente por lo que se ha perdido, los minutos vuelan porque parecería necesario preocuparse por un destino, ¿Pero existe tal misterio? ¿Sabe la mariposa que ha de morir mañana? O simplemente disfruta de las alas que hoy le pertenecen. ¡Mañana quién sabe!- Canta el viejo Amón a Saivita, mientras se aleja  salticando.

En lo más verde de una rama que caía sobre los bancos de piedra, una crisálida quiescente es saboreada por una tarántula; tal vez ella sí sepa del futuro.

Otra celdilla a su lado es salvada por Amón, pendiéndola de su dedo índice, el desarrollo y la variación de entre sus manos se dio, mágicamente, en segundos; supo echar de ver el cambio de funciones; las formas entre aquellas manos compasivas y, después de todo aquel caos, surgió como de entre compuertas abiertas una bellísima criatura alada centelleante, como la primera, pero tan singular como nadie.

-Existe el misterio. ¿Hubiera querido nacer esta candelilla si supiera que ha de morir mañana?- Lo ojos del abuelo inquirieron, sin exteriorizar palabra.

 

Saivita se preguntó: -¿Por qué se elegiría volver a nacer si el fin es siempre el mismo? ¿Puede ser deliberado el surgimiento de la primera célula? ¿Quién decreta el destino de este pequeño habitante del mundo?-

 

-Mejor pregunta por qué está aquí contigo, siguiendo el mismo ciclo de aniquilación y resurgimiento.- Contestó Amón soltando la mariposa sobre una gota de néctar que ofrendaba un loto inmaculado.
 
 
                                                                                              Continuará- 7-

lunes, 30 de septiembre de 2013

Allí donde despiertan las almas -4 y 5


 

SIN AMOR

 

Frente a un muro de piedra, bancos en hileras, las sombras de las nubes dibujando multitud de tonos de gris en claro oscuro. Mirando unas grietas enmohecidas, una niña imaginaba formas y dioses. Una vez al día, la pared de piedra se volvía transparente, ella y toda aquella gente, podía experimentar aquel lugar, en donde las amas despiertan.

El día sin luz y el descanso sin ocaso, todo lo que uno imagina, sucede; el sol es la certeza de fundirse en el todo, depende del que juega, el quedarse bajo el calor dorado o seguir camino hacia la rueda.

Dhyana, la niña, podía sentarse frente a la muralla varias veces al día.

Una mujer adulta, Gauri, se acomodó a su lado, dibujó un círculo con sus manos repitiendo incansablemente una sola palabra, su cuerpo pareció extenderse para abrigar a la niña, mientras entornaba los ojos para ver también el otro mundo.

-¿Qué haces aquí Dhyana, querida?- musitó desde el mismo corazón de la niña.

-Contemplo.- Dijo la niña, mientras la pared se convertía en un hermoso día de lluvia, los relámpagos se quedaban anclados en el cielo descubriendo millones de estrellas centelleantes, de a ratos, la atmósfera se tornaba de rosa a colorada, de morada a profundamente negra. Las gotas pintaban bellamente el rostro de Dhyana, se volvía hermosa sin sonreír; el aire fresco ensanchaba su cuerpo y lo volvía fértil y generoso, también aparecían unos lindos ojos, para adorarla torrencialmente.

Gauri, eligió perderse el momento y cerró del todo los ojos. En el mundo de la niña sin amor, solo el dolor era protagonista. Pena profunda, recóndita soledad.

 

El tiempo se había terminado, la pared volvió a surgir. La dama pudo ver, a la niña dibujando su experiencia en un mantel de azul arabescos, hasta que el dedo, que era su lápiz, comenzó a inflamar. Un desierto era su cosmos, nadie sabía que ella existía, no había con quien hablar y con quien poder ser niña, tan pequeña era, con tan inmensas preocupaciones, si no existieran esos bancos de piedras, estaría ciega, sorda y muda. Tanto penaba Dhyana, por lo que se le había quitado un día, que añoraba olvidarse que lo había tenido.

En el mundo establecido para Dhyana, era la vergüenza un sentimiento acostumbrado, si no fuera por el bochorno, le hubiera gustado ser diferente. Valerse por sí misma también era un problema; cuando uno está rodeado de tantas manos que pueden dar ternura, es imposible acostumbrarse a la caricia de un golpe.

Dhyana perdió su existencia entre las miradas despiadadas y la indiferencia, aunque agudizó su mirada de las cosas, el salero de la mesa tenía doce agujeritos de la misma circunferencia, el aceite pegado al vidrio parecía cera de abejas, las voces de aquella familia, se alejaban entre los laberintos de arabescos, ¡Hasta parecían verdades los veredictos de locura!

 Los niños que jugaban en la vereda no compartían su mismo paso, aún aferrada a sus manos, ella se sentía a muchos kilómetros de distancia. Prefería parecer, estar cerca, se dibujaba una picara sonrisa; bufón era, actriz y cantante de una mojiganga de ella misma… como para poder reírse de algo.

-Nadie con quien hablar y contarle mi eterna pena, cansada de tratar de vivir mi niñez, frustrada por no crecer rápido, incapaz de poder imaginar el sentido que pudo haber tenido mi nacimiento, si así he de morir. ¿Solo por el hecho de existir, he venido? ¡Por eso visito el muro, porque aquí estoy sin amor!- dijo Dhyana, levantando la mejilla del mantel.-

-Algo mejor deberá sucederle.- Pensó la mujer.


                                                                                               Continuará- con el 6-

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Allí donde despiertan las almas -3-


Hasta la misma tierra vibraba bajo los pies del chiquillo, no supo qué hacer; todos sus movimientos, causaban alguna especie de dolor.

-Tal vez por ello, antes no quería ver- Le contestó a Amón como si éste le hubiese hablado.

Se quedaron varias horas sentados, espalda, contra espalda.

 

En donde se posara la mirada, se formaba una historia.

 

Una fila prolongadísima de hormigas negras que se dirigían hacia su apeadero, las había de varios tamaños; las guerreras eran las más grandes, las obreras eran muy pequeñas, aunque cargaban hojas enormes sobre  ellas. Algunas llevaban larvas a punto de nacer y otras escoltaban a los cascarudos convivientes. El surco se fue tornando más y más hondo, el pasto se fue apartando por temor y por cansancio, hasta que el cortejo de la reina marcó el claro de la cola del camino. Un ejército de hormigas magnánimas, preocupadas, vigilando los flancos; varias obreras limpiaban las partículas del paso, y ella, la soberana, levantando sus antenas hacia el niño como si quisiera hacerle entender, que no había una razón ni por qué de su acción, solo había que hacerlo.

De pronto, el pequeño, se percató, por el ruido, de que varios gorriones comían de la mano del abuelo; una familia de tres pajaritos robaban las pequeñas migas del piso, dos de aquellas criaturas, padre y madre, parecían ser solo un poco más grandes que los copos de pan, mientras que, el que debería ser el pequeño pichón, les doblaba en tamaño y demandas. Aquella pícara avecilla reclamaba cada partícula de alimento de sus padres, mientras él, robaba del pico mismo, a los gorriones vecinos. Una párvula bolita alada, se plantó frente al niño;  supo que lo miraba  a él, aunque moviera inquieta la cabecilla, le parloteó en su idioma, pero el niño entendió, quería su alimento.

Nunca antes pudo ver aquellas miradas tan  instintivas; había ojos que lo observaban, latían por doquier hasta en lo más impensado.

Aprendió, entonces, que existe otra clase de amor, sin ternura, sin reflexión, sin manos y sin razón.

El abuelo, lo miró tiernamente, rozó su nariz con el dedo índice y el niño volvió a cerrar los ojos.

 

 

                                                                                                            Continuará -3-

lunes, 9 de septiembre de 2013

Alli donde despiertan las almas -2-


-No tengo deseos, se me hace difícil pensar, es como si tuviera sueño y luchara por despertar, estoy algo confundido, sospecho que sé lo que pasa, pero es como si no quisiera admitirlo.-

El niño caminó de la mano de Amón, confiado, sabía que era su abuelo, el viejo y solitario chamán, aunque nunca se lo habían presentado.

Era tan extraño aquel lugar que uno podría ser pariente de cada persona que se le cruzase por el camino, más, aquél viejo; había contribuido con su nacimiento.

Amón era un hombre alegre y afable, más le habían contado que también muy callado y ensimismado. Aquel día él debía acompañarle hasta el principio o hasta la rueda maldita que nunca deja de girar sobre sí misma; tal vez en la travesía conseguiría abandonar la enigmática bolsa que el  viejo arrastraba con tanto orgullo.

El anciano tenía la vista muy aguda, podía observar muy bien las formas y las actuaciones.

-Te diré que no debes luchar, aquí no puedes desear nada, solo observa.- Advirtió al niño en tono burlón.

 

Se sentaron bajo un árbol que apareció súbitamente ante sus ojos, era un sauce verde, en cuanto se hubieron sentado, se dibujó a su lado un serpenteante río color ocre; unas nubes gordas y acompasadas los invitaron a recostarse sobre una hierba que crecía a sus espaldas. Se hizo de día y el sol brilló en todo su esplendor.

 

-Dijiste alguna vez, que no te gustaba la naturaleza.- Le reprochó el viejo.- Pues, para que luego puedas elegir, te diré por qué tus padres se maravillan con ella.-

 

El niño puso sus manos debajo de la cabeza, sorprendentemente su vista se agudizó, las hojas del árbol comenzaron a centellear de vida; él sintió muy cerca la carrera de la savia por sus nervaduras, sin querer pudo auscultar la risita histérica de las que se hallaban más cerca del sol; como si le quisieran brindar caricias, soltaron sobre las mejillas del niño algunas gotitas de néctar viscoso, pero lozano. Percibió a lo lejos la conversación de un jardín de margaritas y los tiernos brazos, allí, bajo su espalda, del pasto taciturno. ¡Se levantó de un salto! El anciano lo esperaba sentado sobre la desnuda tierra.

-Ven aquí y ya no se quejará el forraje- Amón supo que el niño había comprendido que solo desconoce, el que se resiste a ver.
 
                                                                                                                   2- Continuará

domingo, 1 de septiembre de 2013

Allí donde despiertan las almas


Esta es una novela que he escrito hace tiempo, se las iré publicando semanalmente, por si la quieren seguir. Saludos y Mucho Amor.
                                                         Susana.



Allí donde despiertan las almas

 

Se encontraba dando vueltas. Tomado de las manos, por esa gran Diosa, acariciado por su sari, que resplandecía bajo el sol del mediodía. Su madre, celosa, los observaba desde la oscuridad, con deseos de unírseles; de repente, la divinidad dejó de girar; la madre volvió a la cama y siguió llorando. Él solo se quedó parado observando hasta que los ojos se le cerraron, tiernamente fue elevado, primero, un sueño profundo de miles de vidas sucediéndose, alejándose. Muchos amaneceres y ocasos, ordenados en cajitas dentro del espacio reducido de todos esos mundos. Como levitando fue acercándose a un suelo extraño y fresco, sus mejillas reposaron finalmente sobre la tierra insolente y aunque no se atrevía a abrir los ojos, supo que era de noche, sintió la tristeza de muchos corazones que lo anhelaban en aquella otra tierra.

Se incorporó despacio, era raro no sentirse solo, había dejado atrás a sus seres queridos, a aquella diosa que le cerró los ojos y acunó su viaje.

En aquel lugar se podía ver la nostalgia abandonada por millones, que aterrizaban, tal como él lo hizo. Comenzó a caminar, era raro, estaba oscuro, pero podía verlo todo; bajo sus pies la grava parecía como de algodón, no hacía ni frio ni calor, el aire era tibio y consolador, como una de esas tardes de verano en el  jardín botánico, cuando paseaba dentro de su cochecito, abrazado a su conejito protector. Había personas aquí y allá, algunas pensativas, otras, medio aturdidas, todas sanas y tal vez relucientes.

De pronto recordó que alguna vez, no tan lejos, sintió dolor. Un hombre lo suficientemente mayor como para ser su abuelo, le preguntó si quería compañía. Dijo que sí y aprovechó para preguntar.

-¿Quién eres?-

-Aunque te parezca muy familiar, tú no me conoces.- Le respondió el Señor Amón, no quiso decirle que por indecisión lo estaba esperando.

-¿Dónde estamos? Se animó a decir, aunque muy dentro de él sabía la respuesta.-

-No te diré dónde estamos porque el lugar no tiene importancia, solo admitiré que mi misión es guiarte un tramo del camino.-
Amón le explicó que en ese lugar, no era obligatorio ni el dormir, ni el despertar; no existía ni la luna ni el sol, no eran necesarios; pero si por alguna razón él quisiera observarlos, solo tenía que pensar en ello.

                                                                                                                         1.-continuará