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sábado, 2 de noviembre de 2013

Asimilación

Al conocer lo bello como bello,
todos conocen la fealdad en el mundo.
Todos saben que el bien es el bien
 y entonces conocen el mal.
Así es como: Ser y no-ser se engendran uno a otro.
Lo difícil y lo fácil mutuamente se integran.
Ancho y angosto se forjan uno a otro.
Alto y bajo se corresponden uno a otro.
Voz y tono se armonizan uno a otro.
Por eso el hombre sabio
encausa los asuntos sin actuar.
Enseña estando callado.
No se opone a los seres que nacen
ni se apodera de sus vidas.
Nunca se queda en la obra cumplida.
Por no permanecer en ella
 no hay quien se la pueda arrebatar

                                       

                                                                                                         TAO TE KING

jueves, 24 de octubre de 2013

PLOTINO


 

 

PLOTINO

 

El filósofo Plotino nació en Licópolis, Egipto, sus padres eran romanos.

Su maestro fue Amonio Saccas, de la escuela pitagórica.

Estableció su escuela en Roma en el año 246. Entre sus discípulos contaba con poetas, médicos, emperadores y emperatrices; pero solo tuvo dos verdaderos: Amelio, discípulo suyo por veinte años y Porfirio, que se le unió ya en su vejez pero que interpretó la palabra del maestro y lo siguió hasta la muerte.

 

La razón de toda su obra y lo que invadía todo su pensamiento, lo que trataba de desentrañar, era el tema de que el alma debe retornar a su mundo Divino. El cómo y el por qué del mundo, de sus leyes físicas, de todo lo que sea la separación del Principio Absoluto.

 

EL ALMA

 
Para Plotino, el mal y sus derivados no son algo que el alma posea, sino que se le ha entregado en forma accidental. El alma tiene dos movimientos: hacia arriba que es el recogimiento interior, vivencia de su verdadera naturaleza, amor y búsqueda de la luz, y otra hacia abajo, que es el que la sumerge en sus vanidades y pasiones, y la confunde con los caprichos del cuerpo.
El Alma, además, efectúa dos trabajos, organización y contemplación. Pero la acción no es más que una sombra de la contemplación, como la razón es sólo una sombra de la Inteligencia. El Alma nuestra es de la misma naturaleza que el Alma de los Dioses. No puede, entonces, poseer conciencia, percepción, memoria, etc., ya que todo eso lo recibe como consecuencia de su caída, a fin de que lo utilice para poder sobrevivir en el mundo sensible, el mundo del NO-SER, que es este mundo fenoménico. No puede tener memoria, puesto que el Alma está fuera del tiempo. Tampoco sensibilidad, pues su naturaleza es extraña al mundo sensible; y menos, razonamiento, pues no se razona sobre el Ser. Así, todas esas funciones nacen de la decadencia de su existencia arquetípica o espiritual. Cuando el alma se une con el cuerpo, comienzan sus problemas, pues, siendo de naturalezas diferentes, tienen necesidades y aspiraciones diferentes.

lunes, 26 de agosto de 2013

EROS Y PSIQUE


Erase una vez un rey que tenía tres hijas de singular belleza. La menor, Psique (que en griego significa alma), era  tan hermosa que llegó a ser admirada como si fuese la Afrodita encarnada. Despechada la diosa del Amor al darse cuenta de que sus templos quedaban desiertos porque la gente prefería tributar sus honores a la maravillosa Psique, envió a su hijo Eros para que, en forma de horrible monstruo terminara con la infeliz. Poco después, las hermanas mayores de Psique matrimoniaron y como ésta no encontraba pretendiente, su padre consultó con el oráculo, escuchando con espanto como éste le ordenaba que vistiera a su queridísima hija con las galas nupciales y la dejara en la cima de una montaña abandonada a su suerte, porque el Destino había predestinado a la joven como goce un horrible monstruo dotado de una ferocidad extraordinaria y ante el cual temblaba el propio Zeus.

El rey, entre los gemidos y lamentos familiares, acompañó a su cándida hija, ajena al futuro que le esperaba, a la cima de la montaña que le había señalado el Oráculo y allí la dejó sola en espera de que se cumpliera su fatal destino. Sin embargo, al llegar la noche, el Céfiro la condujo a un amenísimo prado florido, al lado del que se levantaba un maravilloso palacio dorado. Sirvientes invisibles acompañaron a Psique, que no podía dar crédito a sus ojos.

“¿Dónde estoy?”, preguntó perpleja, la dulce doncella al no distinguir a nadie ni en los jardines, ni en las salas del palacio.

“Donde serás amada y tus deseos se verán satisfechos”, murmuró una voz a su oído.

Y en efecto: como al conjuro de su capricho, resonaban músicas, se le ofrecían vestiduras, joyas y banquetes.

Llegada la noche, acudió el misterioso esposo a ejercer los deberes conyugales. Psique, aunque creía que el ser era un monstruo, como no había tenido más remedio que explicarle su padre, poco antes de abandonarla, notaba una extraña dulzura, una embriaguez de los sentidos; no había en ella repulsión física hacia el misterioso ser, más bien deforme, parecía de formas proporcionadas. Cuando el día a punto de irrumpir, se alejó para no ser visto. ¿Quién era, cómo era? Psique le importunaba con súplicas y caricias, para no obtener respuesta, pero él nunca accedió a satisfacer su natural curiosidad.

“¿No somos felices así? –decía-. “Pues no te atormentes queriendo saber quién soy, porque en el momento mismo de conocerme se destruiría nuestra felicidad”.

Pasó el tiempo y, ante la angustia de sus padres, visitaron a la joven sus hermanas, y la incitaron a que matase a su marido, pues lo consideraban un monstruo, maligno entre los malignos. Psique no accedió a este consejo, solamente le picaba la curiosidad por saber quién era y sobre todo cómo era realmente. Llena de valor, una noche tomó un candil y temblorosa, contempló al ser más maravilloso de la creación, que nada tenía que ver con un monstruo; se acerco embelesada hasta él para acariciarle, cuando, ¡Oh fatalidad! Sin querer, se derramó una gota ardiente del candil, que temblorosa sostenía psique; y Eros, pues no era otro que Eros (ya que anteriormente, al ir a cumplir lo ordenado por su divina madre, pasó lo lógico; se enamoro perdidamente de su víctima), desapareció en dirección a los espacios etéreos.

Psique se encontró de nuevo en lo alto de la roca en donde su padre la había dejado. Los jardines y el palacio habían desaparecido. Psique intentó suicidarse y se lanzó a las aguas de un río, pero éste la transportó dulcemente a la otra orilla. Respuesta de esta fatal intención, Psique se dedicó a recorrer el mundo en busca del amado, que había sido llamado al orden por su madre y aunque por el momento se hallaba recluido en el palacio de ésta, no por ello dejaba de proteger invisiblemente a su amada. Por otra parte, la diosa del amor perseguía encarnizadamente a la joven y al encontrarla, la vejó, la humilló y la sometió a las más espantosas pruebas, todas ellas, superadas con éxito, con ayuda de su queridísimo Eros.

Porque el amor hizo que pronto Eros perdonara a Psique su veleidad de desear conocerlo, tal como era y, no pudiendo más, voló al Olimpo para rogar a Zeus que les permitiese vivir con su amada. Al comprobar aquel cariño tan inmenso, Zeus no tuvo más remedio que consentir. Llamó a Psique y le hizo comer la ambrosía y beber el néctar en las bodas sagradas de Psique y Eros. Afrodita no tuvo más remedio que aceptar los hechos consumados y así de esta manera quedaron unidos para siempre el Amor y el Alma.

 

La bella y la Bestia. La perfecta unión del alma y el cuerpo. Cuando el alma guía al cuerpo evitando las pasiones desenfrenadas y logrando que el ser humano se dedique a cuestiones dignas y nobles, haciendo el bien y entregándose, sucede como el diamante, primero tosco y sin brillo, pero después el amor del artista lo pule  de forma que en él se refleja la luz del cielo.